Amer

Casas de payés de Amer

Debido a la Ley 2/2002 de Urbanismo, por la que se obligaba a los ayuntamientos a elaborar un catálogo de masías, en el 2004 el Ayuntamiento de Amer inició la tarea de identificar y listar las casas de payés de Amer.

Se localizaron e identificaron más de 200 casas de payés repartidas entre los 8 vecindarios de Amer: la Jonquera, Costa de Santa Brígida, Sant Climent d’Amer, Sant Genís, el Colomer, el Mont, Palou i Lloret Salvatge.  

Vecindario de La Jonquera

Hay: La Cabanya del Molí d’Oliveres, Can Melitó, Fornichs, Oliveras, Les Bohigues, El Baixichs, Castell d’Ases, Masoveria del Castell d’Ases, Can Torrent, La Jonquera, Ca l’Hereu, Figareda, La Blanquera de Dalt, La Fàbrega, La Blanquera, La Faric, Montjuïc, Can Ramonet, El Verdaguer y El Busquets.

Vecindario de la Costa de Santa Brígida

La Crosa, Casanova de la Crosa, Baiella, Can Margura, Puig d’Alia, Pinyana, La Farigola, Canadell, Can Pere Petit, El Torner, Can Cau, Can Xec, Ca la Marieta Panada / Can Soldevila, Can Paleta, Can Damià Nou, La Rajoleria, Can Marc, Can Paulí, La Canova y Sant Marçal.

Vecindario de SantCliment d’Amer

Aquí tenemos: Can Cargol, Can Ferriol, la Piula, La Canova, La Torre, Can Puig, El Sucurull, Can Sabater, Can Xeia, Can Boada, Cal Sastre, Can Betra, Can Creuet de les Brugueres, Can Revertere, La Gruta, Can Rajolet, Can Carreter, Can Foixart, Can Rafel, La Fosada, Can Palaci, Can Borrell, Can Pau, Cal Burro, Can Lari, Can Magester, La Roureda, La Calcina, Can Xicu, Can Masachs, El Gelabert, La Canova de peu de roca, Can Creuet del Clot, El Branzell, Paroleda, L’Havanera, Can Sastre de peu de roca, Can Nicola, Can Feliu, Can Puigllobet, Can Mel, Roques Negres, Can Figueres, Can Julià, Can Matas, El Verdaguer, Can Verneda del serrat, Brancellich, Can Berenguera y El Serradic.

Vecindario de Sant Genís

Aquí se encuentran: La Fonda, El Tarrats, Vernatallada, Tarrés, Tarrés de Dalt, Maibosc, L’Obac, El Crous, Les Solanes, El Fernal, Parcés, Torredembarra, Cinc Aulines, La Fondaria, La Ferreria, Puig Gran y La Cabanya.

Vecindario delColomer 

Encontramos: Can Fausica, El Colomer, El Colomer de Dalt, Concs, Les Famades, Can Mel, Les Fontiques, La Claposa, Can Vila, Calderic, Casa Fernández y Casa Teixeira.

Vecindario del Mont

Se encuentran: El Bassà, La Boada, El Casot, La Berenguera, La Gayana, La Gayanica, El Maset, El Mont, La Casanova del Mont, L’Oruga, La Cabanya del Mont, La Cabanya de la Mina y El Puig Bernat.

Vecindario de Palou

Hay: La Gasalla, La Plana, Can Ribas, La Barraca, Palou, Mas Llorics, L’Arbusset, L’Aubreda, Can Quel,   Can Molsa, El Fundà, Can Merlach, Can Dalmau, Can Segal, Castell d’Estela, Can Sant Pare, La Casilla y La Casilla del Peó.

Vecindario de Lloret Salvatge

Tenemos: El Gelabert, El Timonet, La Gultresa, El Gallissà, Can Blanch, Can Roura, L’Illa, Can Casanoves, Can Ter, Can Lloret, Can Teixó, Can Creus, Can Salundru, Can Puig, Can Pinyana, La Canova y El Patriol.

 

Can Molsa, una casa de payés perdida en medio de la montaña

Can Molsa era una casa de payés perdida en medio de la montaña. Aunque formaba parte del vecindario de Palou, las casas de más arriba de la montaña se encontraban dispersadas y no muy próximas unas de otras. Las más cercanas a can Molsa eran el Gallissà, la Plana, can Merlac, la Barraca o Palou, muchas de ellas actualmente en estado ruinoso.  

La palabra catalana “molsa” significa “musgo”. Ignoro el porqué de este nombre, quizás sería porqué en el sector norte habían grandes piedras recubiertas de musgo. No lo sé.

En can Molsa vivieron mis abuelos maternos, Fidel y Emilia, mi tío Joan y más tarde mi madre, que nació allí. No eran los propietarios de la casa sino los arrendatarios y con el alquiler entraba el derecho a cultivar las tierras. Así fue como mis abuelos se convirtieron en payeses. 

La casa se encontraba a media hora de camino desde Amer. En aquellos tiempos, el único acceso posible era a pie o a caballo pues el camino, era eso, un camino que subía serpenteando y que se había formado a base de caminar sobre caminado.   

No había electricidad ni agua corriente. El agua se obtenía de un torrente que traía el agua de la montaña. Era un agua limpia y clara y a diario se realizaban un par de viajes hasta allí para llenar varios cántaros, enormes, de metal para el consumo de personas y animales y para el aseo personal. Los cántaros, una vez llenos, se colocaban en una carretilla y de allí se transportaban hasta la casa. La colada se hacía en el mismo torrente, en el que había un par de piedras planas que hacían la función de lavadero.

Por las noches la iluminación se conseguía mediante unas rústicas lámparas de carburo que desprendían un olor característico.

Mi abuelo Fidel murió muy joven, el 25 de mayo de 1944, cuando acababa de cumplir 41 años; la causa fue un infarto. Los años que siguieron a su muerte fueron especialmente duros para mi abuela Emilia y también para mi tío y mi madre. A la situación de carestía general, a causa de la guerra, se sumó una posguerra larga y dura.

A pesar de que esa casa no tenía nada especial, me gustaba y guardo muy buenos recuerdos de ella. Era una casa soleada, la luz del sol le proporcionaba un aspecto cálido y bonito; tenía además el privilegio de poseer una buena vista, extensa y preciosa. Desde allí, aunque no se veía Amer, se divisaban los pueblos de La Cellera de Ter, Anglès y Bescanó y también La Barroca y Rocacorba.

La casa era una construcción de piedra, de planta baja y piso. La planta baja, era de una sola estancia. Allí se encontraba la cocina y en un lado un hogar con una chimenea muy grande y un gran escón (típico banco de madera con brazos y respaldo que había en las casas de payés). Entre el escón y la cocina había una gran mesa de madera maciza que servía de mesa de trabajo y de comedor. 

El suelo de esta planta no estaba enlosado sino que era de tierra porque era el lugar de paso del ganado que tenía su establo en el fondo  de la casa, en línea recta con la puerta de entrada, algo habitual en algunas casas de payés. El suelo se barría con una escoba de brezo.

Al lado del establo había unas escaleras de madera que daban acceso al piso superior en el que había un distribuidor y 2 habitaciones. No había baño, ni wc. 

Delante de la casa había una era y a un lado un pajar  descubierto con su palo vertical. Al otro lado de la era una edificación de piedra alojaba las conejeras y pocilgas y servía además de almacén para el grano y el alimento de los animales.

Cuando era pequeña iba a menudo a can Molsa. Muchos sábados por la mañana, cuando la abuela regresaba de realizar la compra en el pueblo, se pasaba por casa y yo me iba con ella. El trayecto, aunque largo, me resultaba agradable, especialmente en primavera y en verano. A esa hora de la mañana, serían sobre las 10, la tierra y las plantas aún mojadas por el rocío desprendían un olor intenso y agradable, el romero, el tomillo, el hinojo o la madreselva amenizaban el trayecto que transcurría entre bosques de castaños y pinos.  

Al día siguiente, domingo, mis padres venían a recogerme. Me gustaba estar allí y guardo gratos recuerdos de esa casa y de sus alrededores. Aunque no había niños cerca con los que poder jugar tenía a Patufet, un buen perro y amigo, excelente compañero de juegos y aventuras, que me acompañaba siempre.  

Yo tenía aproximadamente 13 años cuando mi abuela y mi tío dejaron esa casa para trasladarse a vivir al pueblo de Amer.  Me dio mucha pena e incluso me supo mal, pero eso respondía a un sentimiento infantil y egoísta por mi parte. Lo sentí como si dejara allí parte de una historia de familia y realmente así era, pero las condiciones de vida allí no eran fáciles y aunque mis recuerdos de esa casa eran buenos, los de mi familia materna no lo eran tanto.

En can Molsa no ha vivido nadie más desde que ellos la dejaron. Actualmente, aunque hay una pista de tierra que permite el acceso hasta la casa con todoterrenos, nadie se ha aventurado a habitarla, quizás por encontrarse lejos de cualquier parte. Su estado es una absoluta ruina, quedando solamente en pie un par de paredes.

Donde estaba la era es ahora una selva de zarzales y matorrales  difíciles de traspasar. A pesar de ello, siguen resistiendo el paso del tiempo un cerezo corazón de paloma que daba unas cerezas dulces como la miel, un naranjo, la higuera y las mimosas.

Muy de vez en cuando vamos hasta allí con mi marido y los niños. Me gusta volver allá aunque me entristece ver el estado lamentable en que se encuentra y de alguna forma, entiendo esas visitas como un acto de fidelidad hacia ese lugar. 

Años atrás, cuando iba o venía de Girona, especialmente en los meses de febrero o marzo, sabía donde quedaba can Molsa por el color amarillo que destacaba entre el verde de los árboles, a media montaña. Eran las mimosas que mi madre había plantado de jovencita y que habían proliferado con el paso de los años.

Me encantan las mimosas y cuando brotan a finales de enero siempre pienso en can Molsa.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d personas les gusta esto: